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    El dia que choque con una pared...

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    Mensaje por Pensamientospr.com 10/3/2010, 1:15 pm

    El dia que choque con una pared... Pared
    “El día que choque con una pared”
    Por: José J. Figueroa Ene 2006


    Recuerdo que hace 26 años yo apenas contaba con 13 años, solía acompañar a mi padre a su trabajo. Mi padre era camionero, entregaba provisiones en una empresa que fundo junto a dos grandes amigos. Su ruta de entregas era la carretera 987. Siempre nos deteníamos a hablar en una cafetería de su amiga, Aída. Luego más abajo en la carretera en el sector de los presidentes nos deteníamos para que yo observara como se construía una hermosa pared. Para mi era de gran importancia esa parada pues quedaba perplejo ante hermosa obra de un carpintero que iba construyéndola bloque a bloque día a día cuidando todo detalle, pues quería que fuese la pared más hermosa de la carretera 987. Años más tarde mi padre murió y heredé su hermoso camión, un Ford 350 modelo de 1966. Un buen día decidí seguir las enseñanzas de mi padre y comencé a trabajar como camionero en la empresa que el había fundado junto a Don Papo y Don Carmelo.



    Un día Don Papo se me acerca y me dice “Pepe necesito que alguien responsable, caballeroso, honesto y sobre todo respetuoso cubra la ruta 987 de Carmelo” Yo que no me podía negar a su pedido le respondí. “Claro que si Don Papo conozco muy bien esa ruta. Era la ruta de mi padre.” Don Papo muy alegre pues yo era la persona idónea para esa ruta comento. “Me alegro mucho, ha y comienzas mañana mismo” Sin casi dejar de terminar a Don Papo argumenté “Pero un momento, ahí solo hay una antigua cafetería la de Doña Aída y ya no esta abierta” Don Papo quien sabia que hacia unos cuantos meses que no transitaba por allí me indico “Pepe ahora ahí esta la tienda de la hija de mi amiga Aída, estableció su negocio en la antigua cafetería hace menos de un año” “Bueno” respondí “Nos vemos mañana”



    Al próximo día pase a nuestro almacén a recoger las provisiones para hacer las entregas. Don Papo estaba esperándome y me dijo “Pepe, que bueno que llegas, en la ruta que harás hoy iras primero a los grandes almacenes y luego como a las once y treinta pasaras a la ruta de la carretera 987, a la tienda de la hija de Aída. Recuerda llevaras agua embotellada, chicharrones y donas glaseadas.” A lo que respondí “claro que si a las once y media puntual” Papo me miro con una mirada fija, como nunca había mirado a ninguno de sus empleados y me dijo “Pepe te envió a ti para hacer esa ruta porque es como si fuera yo mismo, porque confió en ti y se que eres responsable, respetuoso, caballeroso y honesto. Mira que no quiero problemas con la hija de mi amiga Aída. La quiero como si fuera una hija” Medité, respiré profundamente y respondí con mi corazón en la mano. “Si Don Papo, no se preocupe no le voy a fallar. Usted sabe como soy yo, sabe como pienso mas no estoy en esas andanzas de casanova” “Más te vale” respondió Don Papo y de allí salí a hacer mis entregas.



    Ya comenzadas las tareas de entregas. Llegó la hora de hacer la ruta de la carretera 987. Muchos recuerdos pasaron por mi mente. Según pasaban los kilómetros recordaba con afecto las entregas que hacia con mi padre. De repente llegué y como sin darme cuenta al sector de los presidentes, y como algo automático me detuve justamente en la curva donde se apreciaba una hermosa pared, la pared que había visto construir bloque a bloque día a día por casi más de veintiséis años. Quede sin constancia del tiempo contemplando lo que yo llamaba una verdadera obra de admiración. De pronto y como un tono de alerta sonó el reloj digital eran las once y veinticinco, solo cinco minutos faltaban para ir a la tienda de la hija de Aída. Recordé las palabras de Don Papo que tenia que estar a las once y treinta puntual. Me apresure y llegue a tiempo y entrando por la puerta del pequeño colmado saludé con alegría, respeto y entusiasmo “Buenas tardes si es de tarde, buenos días si es de día, soy Pepe, Don Papo me envió a entregar unas provisiones” La hermosa joven quien esperaba a Don Carmelo, el otro chofer respondió “Buenas tardes espero que haya traído todo lo que ordene” “Claro que si” respondí y mientras sacaba las botellas de agua y llenaba los botelleros, sacaba los chicharrones y los enganchaba junto a las donas galaciadas entró un hombre, que parecía un contratista caminando a las neveras pregunto de manera sarcástica “hay cervezas” la hija de Aída alzo su vista y miro a aquel hombre con una de esas miradas cortantes, como las mujeres suelen dar cuando están molestas por algo y contestando con una voz raspante y autoritaria dijo “no, aquí no vendemos cervezas” Aquel hombre tomo un refresco pagó y se marcho. Yo me mantuve allí me había percatado de la mirada y su tono de voz y me atreví a preguntarle “Parece que ese hombre no le agrada” La hija de Aída respondió a mi pregunta al tiempo que pasaba su mano sobre uno de sus ojos “ese hombre me saca de sitio, ha venido par de veces preguntando lo mismo y si ya le contesté, no entiendo porque vuelve y pregunta no me brinda confianza” Yo quien en ese momento aprecie el buen corazón que tenia aquella jovencita le dije “eso es así, tenia cara de listo pero no se preocupe que yo estoy aquí. Cualquier cosa usted llame pues estoy asignado a esta ruta y lo que necesite solo pídalo” “Gracias es usted muy amable” respondió la hija de Aída. Ya había completado mi tarea allí me despedí comentando “Hasta la próxima semana, ha y a propósito Don Carmelo se tardará unos cuantos meses en regresar” Salí de aquella tiendita con un pensamiento extraño. Solo pensaba en el comportamiento de aquel hombre que había entrado a comprar y pidió cervezas. No podía permitir que alguien molestara a la hija de Aída en mi presencia, que aunque no la conocía, todos hablaban de una manera muy especial cuando se referían a ella. La veían como un ángel. Como una buena amiga, cosa que también pensé en ese momento pero continué con mi trabajo.



    Las semanas pasaron y varias veces al mes recorrí la ruta 987. Fueron varias veces que me detuve a contemplar la hermosa pared y a la vez más adelante en la carretera entregaba las provisiones a la hija de Aída. La Navidad se acercaba, había ambiente de algarabía, mucho tráfico en la carretera, muchas entregas y según pasaba el tiempo crecía en mí la satisfacción de sentirme bien en la pequeña tienda de la hija de Aída, con quien aunque no conversaba mucho comenzaba a sentir gran admiración. Un día llegue a la tiendita y ella no estaba, estaba “El Merenguero” así le decían a su esposo, un joven tan amable como ella. Me atendió de igual manera como de costumbre y me marché.



    Muchas horas pasaba en la carretera conduciendo el viejo Ford 350 modelo del 1966 y necesitaba con quien hablar. Un día me detuve en la pequeña tiendita esta vez no fue hacer entregas. Fue a comprar una botella de agua, hacia un calor insoportable. La hija de Aída al verme allí ese día y a esa hora saludó y preguntó “Hola ¿Que le trae por aquí? Yo no he pedido nada” A lo que respondí alegremente “es que hace un calor y aquí se respira un ambiente de paz y alegría. Déme una botella de agua para llevar.” La hija de Aída pregunto como excelente vendedora “quiere sorbeto con el agua” y el respondí “No gracias es que cunado conducimos y tomamos líquidos nos espetamos los sorbetos en el cielo de la boca y terminamos botándolo, pero gracias de todas maneras” “Bueno entonces no sorbeto” respondió. En ese momento la hija de Aída quien apenas hablaba comento “Usted parece buena persona se ve que con usted se puede hablar” Yo que necesitaba tener amigos pues mi trabajo de conductor no me lo permitía le respondí “Claro cuente con migo como si fuera su amigo” agradecido por el trato y en mi afán de ser una persona amistosa regale unos discos de música. Era lo ultimo en la radio y le dije “Yo se que su esposo es merenguero, pero le regalo estos de música variada. Por favor acéptelos” La hija de Aída quien no salía de su asombro dijo “Gracias pero no tiene que ponerse con eso” Yo insistente le dije acéptelos” me retiré y desde la puerta diciéndole “Nos vemos Luego tengo que seguir trabajando”



    Aquel acto de agradecimiento de mi parte desencadeno en una serie de acontecimientos. El merenguero le había cuestionado por los discos a la hija de Aída. Le preguntó; quien le había regalado esos discos pues el, sabia que ella no tenia tiempo para viajar a la ciudad a comprarlos. Ella le contó que Pepe el de las entregas se los había regalado. El Merenguero le pidió que consiguiera a un empleado para que la cubriera los días que yo hacia las entregas. Yo como de costumbre y ajeno al resultado de mis actos continué haciendo las entregas y cada vez que preguntaba por la hija de Aída, la nueva empleada respondía de forma evasiva. Continué mi trabajo ya casi era Navidad y por semanas, mi único consuelo fue contemplar la hermosa pared en el sector de los Presidentes.



    El tiempo paso, ya era el nuevo año y un día eran como las doce llegue tarde a entregar y me encontré a la hija de Aída, la salude como de costumbre “Buenos días ¿Como esta? ¿Como paso la despedida de año? Hacía un año que no la veía” Ella respondió de manera evasiva “Felicidades” al tiempo que recibía la factura y replicaba “Firmo aquí y eso es todo verdad” Estaba usando el mismo tono de voz cortante y aunque no levanto su mirada de una libreta de donde hacia apuntes pude sentir que si me miraba, sería la misma mirada aquella que le dio al hombre que no le brindaba confianza cada vez que iba a pedir cervezas. Entonces comprendí, sin tener que escuchar palabra alguna que toda posibilidad de hacer una amistad se desvaneció. Por primera vez sentía como si les hubiera faltado a todos. A Don Papo, Don Carmelo, al Merenguero a Doña Aída y a su hija. Comprendí que mi acto desesperado de regalar unos discos para ser amistoso había sido confundido. Trate de hablar y en vez de arreglar lo complique aún más porque los nervios me traicionaron y no pude pronunciar palabra coherente alguna. No sabía que me pasaba. Por primera vez en mi vida estaba en una situación difícil. La hija de Aída solo comento y como martillazo sobre mi cabeza escuche las tres palabras que jamás olvidare mientras tenga vida “valla con Dios, valla con Dios, valla con Dios” Entendí que era el momento de mi retirada y sin regreso. Desesperado monte mi viejo camión Ford 1966. Lo aceleré como nunca había lo había guiado. De pronto mi vista se inundo como un río luego de una gran tormenta, mi garganta no podía pronunciar palabra alguna y fue cuando una gran oscuridad se apoderó de mí.





    Dos días más tarde repentinamente y como a las once y treinta desperté con un sonido parecido a mi reloj digital. Estaba allí un hombre vestido de blanco, era un cirujano y su asistente. “¿Que paso? ¿Que hago aquí?” pregunte al galeno quien con voz pausada respondió. “Pepe usted esta en el hospital. Lleva aquí dos días. Choco con una pared en la carretera 987. ¿No se acuerda?” Aquellas palabras las sentí como baño de agua fría. El galeno y su asistente observaron mi reacciona tonitos. Pregunte con tono de asombro y coraje “¿Con una pared doctor? ¿Con una hermosa pared cerca de una curva en el sector de los Presidentes en la carretera 987?” El galeno respondió afirmando. “Si Pepe, una hermosa pared como has estado diciendo mientras estabas dormido y sollozando” En ese momento reviví el momento que me había llevado a la desesperada huida de aquel lugar ahora con el agravante de que también destrocé lo que más había admirado en silencio durante tantos años, lo que para mi era la más hermosa pared construida por una familia bloque a bloque día a día. Mi corazón no aguantaba aquella triste noticia lo que me mantuvo en aquel hospital varios días. Un día se acerca el galeno y dirigiéndose a mí dice “Pepe creo que lo voy a dar de alta. Le voy a preparar esta receta déjeme apuntarlo en su record porque lo que se escribe prevalece las palabras se las lleva el viento verdad” Al momento que escribía sonreía. Yo le respondí simplemente “gracias Doctor”



    Como buen paciente fui a comprar las medicinas y el farmacéutico al ver la receta preguntó “¿Es usted Pepe?” “Si yo soy” respondí mientras escuchaba el comentario simultaneo del farmacéutico “Le puedo despachar la receta pero el doctor puso algo que no entiendo y no le puedo despachar, Dice: “Lo que se escribe prevalece, las palabras se las lleva el viento” Enmudecí luego de aquel comentario. Recogí mis medicamentos y me retiré.



    Sentía un gran deseo de recuperarme a la vez necesitaba expresar mi arrepentimiento al acto ofensivo que cometí ante la hija de Aída pero mi vergüenza era de tal magnitud que cada vez que me acordaba se inundaban mis ojos como río luego de una tormenta.



    Varios días después mientras me miraba en el espejo miré el reflejo por la ventana de mi viejo Ford de 1966, el mismo que destruyo la hermosa pared que una familia comenzó a construir cuando yo tenía trece y que tardaron construir veintiséis años. Hermosa pared que no podré admirar jamás, pues no tendré el valor de ir a excusarme con aquella familia. Tampoco tendré el valor de excusarme con Don Papo y Don Carmelo con el Merenguero, Doña Aída y sobre todo con la hija de Aída.



    Pepe escribió una carta pidiendo perdón, pensando en que lo que se escribe perdura y las palabras se las lleva el viento. De repente aquella habitación donde se encontraba Pepe, se estremeció. Era algo repentino no había marcha atrás. Entraron todos a la habitación y solo alcanzaron a escuchar las últimas palabras de Pepe casi moribundo en lecho de muerte, agonizando y susurrando repetidamente.


    “Perdónenme, perdónenme,
    Perdónenme”



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